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“Mujeres reales, expectativas irreales”

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Alix Castillo
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Mi nombre es Alix Castillo. Soy estudiante de Psicología, miembro del grupo asesor de GOYN Barranquilla y líder juvenil adventista. Amo leer y, como consecuencia de ello, amo escribir. Expresar mis pensamientos y sentimientos a través de la escritura es una experiencia profundamente liberadora y, sin duda, una actividad que me permite reflexionar, conectar conmigo misma y con otras personas. Me encanta trabajar con los jóvenes y espero ser de inspiración para ellos.

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de JuventudES:

Por Alix Castillo Serrano

Estudiante de Psicología

Miembro del Grupo Asesor GOYN-Barranquilla

 

La presión de ser mujer entre cultura, identidad y salud mental

¿Cuánto de lo que hacemos, creemos y somos es realmente una elección personal? ¿En qué momento perdimos el poder de decidir y vivir libremente?

En psicología existe un término llamado conformidad social, un proceso mediante el cual las personas adaptan sus pensamientos, comportamientos y decisiones para encajar con las normas, expectativas o conductas de un grupo.

Lo que más llama mi atención sobre este concepto es que lo hemos convertido en el pan de cada día y, aun de manera inconsciente, gran parte de lo que hacemos y de quienes somos pasa por el filtro de: “¿Qué dirán los demás de mí?”.

Nuestra cultura ha establecido estándares para todo y, en el caso de las mujeres, estos estándares suelen ser extremadamente difíciles de cumplir.

Las cosas que valoramos, anhelamos y queremos imitar, ¿son realmente una decisión personal o simplemente estamos atrapados en un efecto de arrastre?

Cuando algo se repite constantemente, deja de parecer una preferencia y empieza a sentirse como una regla. Nuestra sociedad ha establecido una idea de mujer perfecta: una mujer físicamente impecable, de carácter dócil y sumiso, y cuyas aspiraciones no sean demasiado ambiciosas. Miles de películas, series, propagandas, canciones e incluso las normas sociales actúan como reforzadoras constantes de un ideal imposible.

Siempre se dice que la belleza es subjetiva, pero en realidad muchas mujeres parecen correr constantemente tras un ideal imposible y una necesidad interminable de aprobación y validación. Culturalmente, lo bello suele recibir más valor. En redes sociales, por ejemplo, hace poco se viralizó el “pretty privilege”: historias y anécdotas de chicas y chicos mostrando cómo, únicamente por su apariencia física, reciben un trato más amable y mayores beneficios que los demás.

Hay una frase popularmente atribuida a Franz Kafka que dice: “Si matas a una cucaracha, eres un héroe. Si matas a una mariposa, eres un villano. La moral tiene estándares estéticos.” Y quizá esa sea una de las formas más simples de explicar por qué, incluso hoy, seguimos asociando el valor de las personas con qué tan cercanas están a ciertos ideales de belleza.

Es injusto pensar que las mujeres que no encajan dentro de esos estándares tengan que compensarlo constantemente con su personalidad, inteligencia o capacidades.

Más preocupante que la existencia de estos ideales es lo profundamente normalizados que están. Desde pequeñas aprendemos qué tipo de mujer recibe admiración, atención y aceptación, y cuáles no. En la escuela vemos cómo se divide el grupo entre “las niñas bonitas” y “las niñas inteligentes”. En la adolescencia, muchas de aquellas chicas que sentían que no encajaban intentaban compensarlo siendo más amables o graciosas. En la adultez, la apariencia sigue abriendo puertas, y quienes no logran “ingresar” de esa manera suelen verse obligadas a esforzarse el doble.

Un ejemplo evidente de esto aparece en Yo soy Betty, la fea: una mujer inteligente y capaz que, al no encajar en los estándares de belleza, tuvo que soportar humillaciones y ser constantemente subestimada. Lo más triste es que Betty tuvo que transformar su apariencia para empezar a ser tomada en serio. ¿Cuántas películas, libros y canciones no hablan también de la chica “no muy bonita” que espera pacientemente ser vista? Crecimos pensando que, en algún momento, deberíamos cambiar; que nuestra valía llegaría cuando finalmente fuéramos aceptadas. Pasaríamos de ser un patito feo a un cisne.

Mucho antes de las redes sociales o de la cultura visual actual, la literatura ya hablaba de mujeres intentando sobrevivir a expectativas impuestas que, aunque incluían el aspecto físico, iban muchísimo más allá. En El cuento de la criada, Margaret Atwood muestra cómo las mujeres pierden sus derechos, su libertad y su autonomía; sus cuerpos ya no les pertenecen. Son reducidas a lo que la sociedad espera de ellas. Pierden su valor como seres humanos y terminan convertidas en objetos definidos por su utilidad.

Pero ¿Qué pasaría si las mujeres no se dejaran dominar por esas estructuras sociales? En Herland, Charlotte Perkins Gilman imagina una sociedad conformada únicamente por mujeres y rompe con muchos de los estereotipos y prejuicios tradicionalmente asociados a lo femenino. A través de esta novela, demuestra que muchas de las ideas que consideramos “naturales” sobre las mujeres podrían ser simplemente construcciones culturales.

Después de años expuestas a estos estándares, muchas mujeres terminan convirtiendo esa presión externa en una voz interna. Viven su día a día comparándose, compitiendo y sintiéndose menos únicamente por su apariencia.

Su autoestima pende de un hilo y la ansiedad crece cada vez más. El miedo a no ser suficientes y a ser constantemente criticadas se convierte en una carga emocional. Cada detalle que no “encaje” termina transformándose en una inseguridad. Miles de mujeres pasan sus días planeando meticulosamente cómo deben verse, cómo deben hablar e incluso qué deberían sentir.

La hipervigilancia constante termina agotando la mente y el cuerpo. Esto no es solo una cuestión de belleza o de preferencias; es una cuestión de salud mental. Vivir bajo estándares imposibles puede derivar en ansiedad, trastornos obsesivos, depresión y una profunda sensación de insuficiencia. ¿Vale la pena vivir de esta manera solo para encajar?

La vida debería sentirse como un soplo de aire fresco. Nuestra mente debería ser nuestro mayor aliado y no nuestro enemigo; nuestro cuerpo debería ser apreciado y no constantemente criticado. Las mujeres merecen ser valoradas por quienes son y no únicamente por cómo se ven.

Hemos pasado tanto tiempo intentando encajar que olvidamos cómo se siente simplemente ser. Nos hemos medido con estándares imposibles de alcanzar y aprendido a vernos con los ojos de los demás. Tal vez es momento de empezar a mirarnos con nuestros propios ojos.

¿Y si gran parte de lo que has escogido ser es solo una forma de intentar encajar?

¿Cuántas partes de lo que eres fueron realmente elegidas por ti y no por lo que aprendiste que debías ser?

 

Referencias:

Atwood, M. (1985). El cuento de la criada. Salamandra.

Gaitán, F. (Creador). (1999–2001). Yo soy Betty, la fea [Serie de televisión]. RCN Televisión.

Gilman, C. P. (1915). Herland. Pantheon Books.

Es plataforma digital libre y accesible que sirve como una herramienta de información y colaboración entre las juventudes y las instituciones para la empleabilidad en la CDMX

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