Por Andrea Montserrat Romero Jiménez
Grupo Asesor de Jóvenes (GAJ) GOYN – CDMX
El pasado 20 de Febrero del 2026, en el marco del Plan General de Desarrollo 2025-2045 de la CDMX, GOYN México y el Grupo Asesor de Jóvenes llevamos a cabo el foro de consulta pública titulado “Jóvenes Oportunidad: Futuro del Trabajo Digno y la Educación en la CDMX”, un espacio donde el diálogo reunió distintas voces para reflexionar no solamente sobre los retos, sino también las oportunidades que enfrentamos las juventudes tanto en el presente como en el futuro. Aquí visualizamos las problemáticas estructurales y a la par construimos propuestas desde la experiencia directa.
La estructura de este encuentro partió de diversas mesas de trabajo donde abordamos temáticas clave para el desarrollo integral de las juventudes. Entre ellas se discutió la necesidad de fortalecer la educación media superior con una orientación hacia el trabajo digno, impulsar el emprendimiento juvenil como una vía para la autonomía económica, la construcción de un futuro verde con participación de las juventudes; así como las formas en que las personas jóvenes se proyectan en el futuro en contextos marcados por la incertidumbre.
Todas estas mesas de trabajo aportaron elementos fundamentales para comprender la complejidad de cómo diseñar políticas públicas incluyentes y sobre todo que tengan a los jóvenes en el centro. Además de estas mesas mencionadas anteriormente, se abordó otra donde tuve la oportunidad de moderar y compartir, y de la cual hablaré en las siguientes líneas pues mi cercanía y participación en ella fueron fundamentales.
Uno de los ejes más relevantes del foro fue la incorporación de una perspectiva interseccional, mesa de la cual estuve a cargo tanto del modelamiento como desde la guía. Desde el inicio propuse reflexionar colectivamente sobre cómo entendemos la diversidad en las juventudes, esto para poder construir un diálogo situado en las experiencias individuales, pero que esto a su vez, no fuera una visión homogénea de la juventud, sino que pudiéramos resaltar las diferencias de cada persona joven.
La conversación dejó ver que no es posible hablar de juventudes en singular, nuestras trayectorias de vida están profundamente atravesadas por factores como el género, la orientación sexual, nuestra condición de origen, la discapacidad, la migración y la condición de la salud socioemocional. En este sentido, se planteó la urgencia de transformar y ampliar los programas actuales para incluir a los jóvenes, recalcamos la importancia de priorizar a las poblaciones históricamente excluidas como las mujeres jóvenes, juventudes LGBT+, personas migrantes y juventudes cuidadoras.
Así mismo, se destacó la necesidad de generar apoyos diferenciados que reconozcan estas desigualdades estructurales. Entre estas propuestas se mencionaron horarios flexibles, acompañamiento psicológico y condiciones laborales que puedan incluir a todas las personas desde una inserción laboral real y sostenible. Estas medidas no solamente buscan facilitar el acceso al empleo, sino garantizar que este se desarrolle en condiciones dignas.
Uno de los momentos más significativos para mí, fue la activa participación de una madre joven, quién nos compartió cómo su vida cambió radicalmente al decidir maternar. Su testimonio evidenció las múltiples barreras estructurales que la atraviesan: ser joven, ser mujer y ser madre. Habló de la falta de espacios adecuados para el cuidado de su bebé, de las limitaciones en torno a las licencias de maternidad y, sobre todo, de la limitación laboral a la que está haciendo frente.
Escucharla generó en mí una profunda preocupación, no solamente por la situación que está atravesando, sino porque es la misma situación que atraviesan demasiadas personas jóvenes. También me llevó a reflexionar sobre mi propio futuro y las decisiones que aún sin tomarlas ya se encuentran condicionadas por estructuras que limitan mis posibilidades y las de las demás personas. Este tipo de intervenciones evidencian que las políticas públicas no pueden construirse desde la abstracción, sino deben construirse desde las experiencias concretas de quienes viven día a día estas realidades.
Este ejercicio confirmó que el trabajo digno no puede pensarse sin una perspectiva interseccional: las desigualdades no operan de manera aislada se entrelazan profundizando las brechas de acceso a las oportunidades para los jóvenes.
Esta reflexión cobra especial relevancia para mí debido a que hay territorios como en Iztapalapa, donde a pesar de ser una de las Alcaldías más grandes de la Ciudad de México enfrenta importantes rezagos estructurales, es por ello por lo que desde el colectivo decidimos darle foco y voz a este territorio y hacerlo la sede de este evento.
La realización de estos espacios en contextos periféricos representa un esfuerzo por descentralizar el diálogo; Sin embargo, en estos casos se evidencia algo súper importante: aunque las juventudes son convocadas muchas veces no logran participar debido a barreras de acceso a información o condiciones materiales y económicas.
A nivel personal, esta experiencia fue profundamente enriquecedora, pues además de poder escuchar y aprender otras realidades desde otras voces y otro tipo de juventudes, me ayuda a confirmar que, aunque las juventudes son constantemente nombradas en el discurso público, aún existen obstáculos importantes para que sus voces sean realmente escuchadas e incorporadas en la toma de decisiones.
Pensar en el futuro del trabajo digno y la educación implica necesariamente, reconocer la diversidad de las juventudes y las múltiples desigualdades que las atraviesan, apostar por una mirada interseccional no solo es una respuesta teórica, es algo indispensable para construir un país más justo, incluyente y efectivo .
Porque reconocer nuestras diferencias nos permite construirnos y construir futuros que atraviesen las barreras que nos limitan, porque ser diferente no es malo, es un impulso de valentía para reconocer que podemos transformar sin importar nuestro lugar.