Por Itzel López Cuéllar
Licenciada de Idiomas-UDAL
Hablar de inclusión laboral de los jóvenes oportunidad, para mí, es hablar desde la experiencia y desde una realidad que viven miles de jóvenes todos los días. Durante mucho tiempo, al buscar empleo, me encontré con puertas cerradas, con requisitos que parecían imposibles de cumplir y con la constante sensación de que no era suficiente por no contar con experiencia previa. No se trataba de falta de ganas de trabajar, aprender o comprometerme, sino de la ausencia de oportunidades reales que confiaran en el potencial de quienes solo necesitamos una primera oportunidad para demostrar de lo que somos capaces.
Los jóvenes suelen enfrentarse a múltiples barreras al intentar incorporarse al mercado laboral. Entre las más comunes están la falta de experiencia formal, el acceso limitado a capacitación especializada y procesos de reclutamiento que no consideran el contexto social y económico de muchos jóvenes. Estas barreras generan un círculo difícil de romper: no se obtiene experiencia porque no se consigue empleo, y no se consigue empleo porque no se tiene experiencia. Esta situación no solo frena el desarrollo profesional, sino que también impacta la autoestima y la confianza personal de quienes buscan salir adelante.
En este contexto, los programas de inclusión laboral juegan un papel fundamental.
En el periodo del mes de marzo al mes de agosto del 2025, tuve la oportunidad de formar parte de un programa impulsado por la fundación “World Vision”, el cual brindó a varios jóvenes la posibilidad de integrarnos como trabajadores durante seis meses a uno de los hoteles más prestigiosos del grupo “Marriott”: “St. Regis Mexico City”. Para mí, esta experiencia representó mucho más que una oportunidad laboral a corto plazo; fue una puerta de entrada real al mundo laboral formal y al sector de la hospitalidad de alto nivel.
Ingresar a un hotel de lujo como “St. Regis Mexico City” implicó enfrentar nuevos retos, estándares elevados y un ritmo de trabajo exigente. Al inicio, la experiencia puede resultar intimidante, especialmente para quienes no hemos trabajado antes en un entorno de este nivel. Sin embargo, el acompañamiento, la capacitación y la confianza depositada en nosotros fueron elementos clave para adaptarnos y crecer dentro de la organización. Esto demuestra que, cuando se brinda el apoyo adecuado, los jóvenes oportunidad podemos responder de manera positiva y profesional.
Durante mi estancia en el programa tuve la oportunidad de desempeñarme en cuatro áreas distintas: “Butlers” (mayordomos), “Private Dining” (servicio a la habitación), Finanzas y Banquetes Operativo. Cada una de estas áreas tiene funciones, dinámicas y responsabilidades muy diferentes, pero todas comparten un mismo objetivo: brindar un servicio de primera categoría al huésped. Esta rotación fue una de las experiencias más enriquecedoras, ya que me permitió comprender de manera integral cómo funciona la operación de un hotel de lujo.
En el área de “Butlers” (mayordomos) aprendí la importancia de la atención personalizada, la anticipación de necesidades y el cuidado de cada detalle. Es un rol que exige empatía, discreción y una comunicación constante con el huésped. En Servicio a la Habitación comprendí la relevancia del trabajo bajo presión, la coordinación entre áreas y la puntualidad, ya que cada pedido representa una experiencia directa para quien se hospeda en el hotel.
Mi paso por el área de Finanzas me permitió conocer una cara distinta de la hospitalidad, más administrativa y analítica, pero igual de importante. Ahí aprendí sobre organización, control y responsabilidad, entendiendo que detrás de cada servicio de calidad existe una estructura financiera sólida que lo respalda. Finalmente, en Banquetes Operativo viví de cerca el trabajo en equipo, la planeación y la ejecución de eventos, donde cada persona cumple un rol clave para que todo funcione correctamente.
Estas experiencias no solo me brindaron conocimientos técnicos, sino que también fortalecieron habilidades socioemocionales como la disciplina, la responsabilidad, la comunicación y el trabajo en equipo. Aprendí a adaptarme a distintos entornos, a recibir retroalimentación y a mejorar continuamente. Sobre todo, gané confianza en mí misma y en mis capacidades, algo fundamental para cualquier joven que busca construir un proyecto de vida.
Vivir esta experiencia me confirmó que los jóvenes sí tenemos la capacidad de responder a entornos exigentes cuando existe acompañamiento, capacitación y confianza. Cuando una empresa apuesta por el talento joven no solo transforma la vida de una persona, también construye equipos más comprometidos, leales y humanos. Programas como el de “World Vision” demuestran que la inclusión laboral no solo es posible, sino necesaria para el desarrollo social y económico.
El papel de las empresas es clave en este proceso, pero no es el único. El gobierno y la sociedad civil también tienen una responsabilidad importante en la creación de políticas públicas, programas de capacitación y alianzas estratégicas que faciliten la inserción laboral de las y los jóvenes. Invertir en capacitación gratuita, habilidades socioemocionales y apoyos económicos puede marcar la diferencia entre abandonar una oportunidad o convertirla en un empleo formal y estable.
La inclusión laboral de los jóvenes no debe verse como un acto de caridad, sino como una inversión social a largo plazo. Apostar por la juventud significa apostar por innovación, compromiso y transformación. Cada joven que recibe una oportunidad tiene el potencial de impactar positivamente a su familia, su comunidad y su entorno laboral.
Hoy puedo decir que esta experiencia marcó un antes y un después en mi vida. Me permitió visualizar un futuro profesional, reconocer mi valor y entender que sí es posible crecer cuando alguien confía en ti. Por eso, considero fundamental seguir impulsando programas que abran puertas y generen oportunidades reales para más jóvenes.
Mi invitación es a las empresas, instituciones y a la sociedad en general a seguir creyendo en el potencial de las y los jóvenes oportunidad. Crear espacios incluyentes no solo cambia historias individuales, también fortalece a las organizaciones y construye una sociedad más justa. Cuando se confía en la juventud y se le brindan oportunidades reales, se siembra un futuro con más esperanza, desarrollo y oportunidades para todas y todos.