By Silvana Carranza Navarro
Independent consultant and activist
Intento reírme de eso
Escondiendo las lágrimas en mis ojos
Porque los chicos no lloran
The Cure
Hace algunos meses, junto con el Grupo Asesor de Jóvenes Oportunidad (GAJ), visitamos el CECATI 171 en Iztapalapa y el Conalep Ecatepec II para llevar a cabo dos talleres participativos sobre las perspectivas y propuestas de las y los jóvenes Oportunidad en el Sistema Integral de Cuidados.
Ambas experiencias resultaron muy enriquecedoras. En la primera sesión, la participación fue mayoritariamente femenina, cercana al 100%. En cambio, en Ecatepec, predominó la presencia de hombres jóvenes. Esto permitió que, en esa sesión en particular, se destacara la perspectiva masculina sobre el derecho al cuidado, algo poco común dado que esta sigue siendo una agenda impulsada principalmente por mujeres. Justamente por ello, consideramos que esta sesión fue especialmente valiosa y enriquecedora.
Lo anterior se debe a que, durante el taller, un tema que cobró especial relevancia fue la salud mental, vinculada directamente con los roles de género, en particular con la forma en que los jóvenes viven sus masculinidades. Este resultado es significativo, ya que históricamente la esfera emocional se ha asociado con las mujeres y lo femenino. Dado que lo masculino se ha definido tradicionalmente en contraposición a la feminidad, los hombres y las masculinidades han sido construidos como símbolos de fortaleza, caracterizados por la supresión o el control de sus emociones.[1]
Sin embargo, nada es más erróneo que asumir que ciertos atributos, como la agresividad, son exclusivamente masculinos, o que la compasión y el cuidado pertenecen únicamente a las mujeres. Esta idea es completamente equivocada: los hombres pueden ser afectuosos y compasivos, al igual que las mujeres también pueden manifestar conductas violentas o agresivas. Aunque el amor, el cuidado, la crianza y la ternura han sido culturalmente definidos como atributos femeninos, resulta especialmente valioso que sean las personas jóvenes quienes cuestionan esta idea, recordándonos que estas emociones no son exclusivas de un género, sino parte esencial de la experiencia humana.
Este cuestionamiento resulta especialmente relevante en el contexto en que se dio la reflexión. La masculinidad impuesta, de la que hemos hablado, proviene de la construcción del hombre “ideal”: un hombre blanco, de clase media y heterosexual, moldeado bajo la idea de ser autosuficiente, fuerte y carente de emociones. Sin embargo, el cuestionamiento de estos modelos también refleja la realidad que viven los jóvenes oportunidad en las periferias, en este caso, del Estado de México y la Ciudad de México.
Poner los cuidados al centro implica visibilizar estas categorías y, en particular, cuestionar la visión dominante de la masculinidad como carente de emociones, porque, sin duda, los chicos también lloran y las emociones cuentan con el potencial para provocar el cambio social y político, así como para desafiar las estructuras sociales predominantes.
La digna rabia, la furia, el orgullo, la ternura y la empatía nos han demostrado que las emociones no son solo una forma de expresión hacia el mundo, sino también poderosas herramientas para transformarlo. ¿Qué mejor que emplearlas para replantear la organización tradicional de los cuidados, las paternidades y la crianza? Apostar por una generación que reconozca la pluralidad y complejidad de los cuidados, así como la importancia de la participación masculina para combatir las desigualdades vigentes, es un legado invaluable. Un legado que garantizará que, en el futuro, ningún niño o niña tenga que cuestionar si sus emociones son válidas o no.
[1] Armengol, J. M. (2014). Reescrituras de la masculinidad: Hombres y feminismo. Alianza editorial, 2022.