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Forgetting is worthless, until it costs us everything.

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My name is Alix Castillo. I'm a psychology student, a member of the GOYN Barranquilla advisory group, and an Adventist youth leader. I love to read, and as a result, I love to write. Expressing my thoughts and feelings through writing is a profoundly liberating experience and, without a doubt, an activity that allows me to reflect, connect with myself, and connect with others. I love working with young people and hope to be an inspiration to them.

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Por Alix Castillo

Estudiante de Psicología-Miembro del
Grupo Asesor de GOYN Barranquilla

La peste del silencio: ¿En qué momento decidimos volver al pasado?

La memoria no es solo la capacidad de recordar; es también la que nos permite comprender quiénes somos. Desde la psicología, la memoria autobiográfica explica cómo organizamos los recuerdos que construyen nuestra identidad: no solo almacena acontecimientos, sino que les da significado y nos permite entender de dónde venimos para saber quiénes somos en el presente. Quizá lo mismo ocurra con las sociedades. Así como una persona que pierde su memoria puede perder parte de su identidad, una sociedad que pierde su memoria histórica también corre el riesgo de olvidar los valores y las luchas que la definen.

In Cien años de soledad, Gabriel García Márquez retrata a Macondo enfrentando la peste del insomnio. Sin embargo, el verdadero peligro nunca fue dejar de dormir, sino comenzar a olvidar. Los habitantes empezaron por olvidar el nombre de las cosas y terminaron etiquetándolas para recordar qué eran y para qué servían, temiendo que un día incluso ese esfuerzo dejara de ser suficiente. En nuestros días parece que enfrentamos una peste aún más peligrosa: el olvido de nuestra propia historia. Olvidamos las luchas que nos precedieron, olvidamos el sacrificio pasado, olvidamos el precio que costó conquistar derechos que hoy damos por sentados y, con el tiempo, también olvidamos por qué era necesario defenderlos. La mayor amenaza para una sociedad no siempre es el conflicto; a veces es el olvido.

A menudo creemos que los derechos son permanentes. Crecemos con ellos, los ejercemos con naturalidad y terminamos asumiendo que siempre estuvieron ahí y que siempre lo estarán. Esa sensación de permanencia nos hace olvidar que, en realidad, ningún derecho es inmutable. Y quizá no haya nada más peligroso que creer que aquello que costó tanto conquistar ya no necesita ser defendido.

Durante siglos, las mujeres fueron excluidas de la vida política y obligadas a aceptar decisiones sobre un futuro en cuya construcción no podían participar. El voto femenino no fue un regalo de los gobiernos, sino el resultado de décadas de marchas, campañas, publicaciones y de mujeres que desafiaron el orden establecido para reclamar un derecho que hoy parece evidente. La mayoría de los países occidentales reconocieron este derecho entre las décadas de 1910 y 1950, por lo que, históricamente, se trata de una conquista muy reciente. En Colombia, las mujeres ejercieron su derecho al voto por primera vez en 1957, durante el plebiscito que dio inicio al Frente Nacional. Es decir, llevamos menos de setenta años considerando normal que una mujer pueda elegir a sus gobernantes. Durante esa lucha, los argumentos para negarles ese derecho eran claros: se afirmaba que las mujeres eran “demasiado emocionales” para participar en política, que su lugar estaba en el hogar y que votar las distraería de sus deberes como esposas y madres. Lo inquietante es que esos argumentos nunca desaparecieron del todo. Con el tiempo dejaron de expresarse con las mismas palabras, pero conservaron la misma intención: convencer a la sociedad de que ciertos derechos podían volver a discutirse.

Setenta años pueden parecer mucho para una vida, pero son apenas un instante para la historia. Y cuando una sociedad olvida lo reciente que es una conquista, también empieza a olvidar lo fácil que puede ser perderla.

En los últimos años, incluso en democracias que históricamente se han presentado como defensoras de las libertades individuales, han comenzado a resurgir debates que parecían superados. En Estados Unidos, algunos sectores han llegado a cuestionar públicamente si el voto femenino debería seguir existiendo, mientras que otras mujeres han manifestado que estarían dispuestas a renunciar a ese derecho en nombre de un modelo de familia más tradicional.

Más allá de las posturas políticas, lo verdaderamente inquietante no es que estas ideas existan, sino que vuelvan a parecer discutibles. Si un derecho conquistado hace apenas unas décadas puede convertirse nuevamente en objeto de debate, quizá nunca fue tan permanente como creíamos.

Pero ¿Cómo sucede esto? ¿Cómo una sociedad empieza a cuestionar un derecho que durante décadas parecía incuestionable? Nada cambia de un día para otro. Las ideas no irrumpen de forma repentina; se normalizan poco a poco, hasta que un día descubrimos que ya no recordamos en qué momento cambiaron. El efecto de mera exposición plantea que, cuanto más expuestos estamos a una idea, más familiar y aceptable nos termina pareciendo, aun cuando al principio la considerábamos peligrosa o cuestionable. Las leyes suelen ser el último paso. Mucho antes de que cambien los códigos, ya cambiaron las conversaciones.

Solemos escuchar que todo tiempo pasado fue mejor. Existe una tendencia a idealizar el pasado, una nostalgia que, aunque puede parecer inofensiva, también tiene la capacidad de moldear la forma en que entendemos el presente. En ese deseo de volver a lo tradicional han surgido estéticas que no han ocultado su propósito. Un ejemplo de ello es el movimiento de las tradwives o “esposas tradicionales”: mujeres que muestran en redes sociales el encanto de quedarse en casa, cuidar de los hijos y adoptar un estilo de vida inspirado en décadas pasadas. Y esto, por sí mismo, no está mal; cada mujer es libre de elegir cómo quiere vivir. Sin embargo, esta estética también ha abierto la puerta a una pregunta más amplia: ¿hasta qué punto deberíamos volver al pasado? ¿Estamos recordando toda la historia o solo la parte que resulta agradable? Porque, si hablamos de volver atrás, también debemos recordar que ese mismo pasado fue el escenario en el que a muchas mujeres se les negó la posibilidad de decidir sobre su educación, su trabajo, su patrimonio y, por supuesto, su voto.

Cuando alguien nos advierte sobre ideas que estamos empezando a normalizar, solemos responder que se trata de una exageración, que en nuestro país y bajo nuestras leyes esas cosas nunca pasarían. Pero ¿es realmente cierto? Existen innumerables ejemplos que muestran la fragilidad de los derechos de las mujeres, pero quiero detenerme en dos. Margaret Atwood, autora de El cuento de la criada y Los testamentos, prometió no escribir nada que no hubiera sucedido antes en algún lugar del mundo. Sus novelas no imaginan nuevas formas de opresión; reconstruyen, a partir de la historia, cómo los derechos comienzan por cuestionarse antes de ser restringidos. La realidad también nos ofrece un ejemplo doloroso. Hace apenas unos años, muchas mujeres en Afganistán podían estudiar, trabajar, salir de sus casas y vestir como deseaban. Hoy, tras el regreso del régimen talibán, han perdido gran parte de esas libertades y están sometidas a restricciones que hace poco parecían impensables. ¿En qué momento aquellas mujeres imaginaron que un día perderían gran parte de su libertad? ¿Y en qué momento nos convencimos de que algo así nunca podría ocurrirnos?

Una idea ampliamente atribuida a Simone de Beauvoir dice “No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida.”

Quizá la mayor lección no sea vivir con miedo a perder nuestros derechos, sino comprender que ninguno de ellos es permanente. La historia nos recuerda que toda conquista puede ser cuestionada cuando dejamos de recordar cómo fue conquistada. Por eso vale la pena mirar con atención las ideas, las narrativas y las tendencias que, por inofensivas que parezcan, pueden transformar lentamente la manera en que entendemos nuestra libertad.

Olvidar no cuesta nada, pero puede salir muy caro. En Macondo lograron sobrevivir a la peste del insomnio. La verdadera pregunta es ¿Nosotros lograremos sobrevivir a la tragedia del olvido?

References:

Atwood, M. (1985). El cuento de la criada. McClelland and Stewart.

Atwood, M. (2019). Los testamentos. Nan A. Talese/Doubleday.

García Márquez, G. (1967). Cien años de soledad. Editorial Sudamericana.

Halbwachs, M. (1950). La mémoire collective. Presses Universitaires de France.

Registraduría Nacional del Estado Civil. (s. f.). Historia del voto femenino en Colombia.

Zajonc, R. B. (1968). Attitudinal effects of mere exposure. Journal of Personality and Social Psychology, 9(2), 1–27.

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