Por Ana Victoria Ávila Álvarez
Grupo Asesor de Jóvenes (GAJ) / GOYN-CDMX
Dicen que las redes sociales sirven para entretenerse, perder el tiempo o pelear con desconocidos a las dos de la mañana. También sirven para eso, no voy a mentir. Sin embargo, detrás del meme, del trend y del video de veinte segundos existe algo más serio: un territorio donde se disputa quién puede hablar, quién circula y a quién mandan elegantemente al rincón del olvido. Las plataformas no son neutrales; responden a intereses, métricas y modelos de negocio que el algoritmo ejecuta sin cara, pero con consecuencias muy concretas.
Hace cinco años cofundé la colectiva Michis Aborteros con el objetivo de difundir información sobre derechos sexuales y reproductivos. Sin embargo, pronto descubrimos que informar en internet se siente más como atravesar una carrera de obstáculos que presionar un botón para publicar.
Nos enfrentamos al hate, a las funas coordinadas y a esa censura silenciosa que no te elimina de tajo, sino que te vuelve invisible (La Cadera de Eva, 2026). Lo que en un inicio atribuimos a mala suerte, se transformó en un profundo aprendizaje político, comprendimos que perder alcance, sufrir reportes masivos o caer en shadowban rara vez responde a fallas técnicas. Por el contrario, suelen ser mecanismos sistemáticos para castigar los discursos que suelen reconocerse como incómodos (aunque sean totalmente necesarios), especialmente cuando provienen de mujeres y disidencias.
Frente a eso, en vez de llorar sobre el botón de “apelación”, decidimos organizarnos. Así nació Michimedia, una estrategia para comprender el espacio digital, estudiar el algoritmo y hackear sus límites con creatividad; si el sistema cerraba puertas, nosotras aprendimos a entrar por las ventanas.
De esa experiencia surgió también mi visión del marketing social. La mercadotecnia convencional es un proceso orientado a la satisfacción de necesidades mediante el intercambio voluntario de productos y servicios (Fischer de la Vega & Espejo Callado, 2011); sin embargo, suele reproducir arquetipos que perpetúan roles de género o convierten a las personas en cifras. El marketing social hace otras preguntas: ¿Qué ocurre cuando la necesidad que buscamos satisfacer es reconocer las estructuras que nos oprimen? ¿Cuándo el deseo es concebir una vida digna y un futuro posible? ¿Cuándo el intercambio es, en sí mismo, un acto de lucha? Aquí el objetivo no es convencerte de comprar algo innecesario, sino acercarte a esos derechos que te hicieron creer imposibles.
En este punto cambian todas las reglas, porque ya no se trata de vender una marca, sino de movilizar la conciencia, la participación social y el futuro. Ahí entra el diseño.
Siempre bromean con que en un apocalipsis zombi nadie elegiría a una diseñadora (porque claro, crees necesitar un machete o un botiquín, no a alguien debatiendo si la sangre va en Pantone rojo o guinda). Pareciera una profesión prescindible, pero incluso al huir, alguien tendría que diseñar el letrero de “Refugio Seguro” con la tipografía adecuada para leerse mientras corres. Ahí seguimos diseñando: desde la imaginación, la estrategia y cómo comunicamos lo que vale la pena salvar. El diseño está en todas partes: en un cartel, en el abrazo de una comunidad digital o en la claridad para entender un derecho. Por eso, crear la identidad y comunicación de Voces y Agentes no es solo un encargo profesional; es darle forma a un proyecto de jóvenes para jóvenes.
Crear para Voces y Agentes significa ayudar a que otras juventudes se reconozcan capaces y ocupen esos espacios a los que históricamente no fuimos invitadas. Si una pieza visual logra eso, entonces dejó de ser solo contenido para volverse posibilidad. La justicia social no está peleada con el buen diseño o con un video en TikTok; al contrario, necesita ritmo, estética y narrativa para abrirse paso entre tanta distracción programada. Toda trinchera necesita quien la sostenga, pero también quien sepa iluminarla para que otras personas puedan encontrarla.
Por todo esto, agradezco de corazón la confianza que han puesto en mi visión del diseño. Mi manera de devolver esa inmensa gratitud es entregándome a construir un espacio que se sienta profundamente suyo. Cuando pienso en las y los jóvenes oportunidad, no veo estadísticas, veo trayectorias de resistencia, voces con una fuerza inmensa y sueños que solo necesitan el escenario correcto para brillar.
Quiero que cada trazo, color o campaña nos abrace, nos valide, nos grite fuerte ¡importamos y resistimos! Merecemos soñar en grande para demostrar que, en cualquier lugar que ocupemos, somos verdaderos agentes de cambio.